Tomás Carreras Artau y los «médicos filósofos»

Sobre el libro de Tomás Carreras Artau, Estudios sobre médicos-filósofos españoles del siglo XIX, CSIC, Barcelona 1952

1. El año 1952 la delegación barcelonesa del Instituto «Luis Vives» de Filosofía (anejo como es sabido al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que había sido fundado, por cierto, en los albores mismos de la nueva España, concretamente en fecha de 1940, «segundo año triunfal» como solía decirse hace algunas décadas) editaba la obra de Tomás Carreras Artau, Estudios sobre médicos-filósofos españoles del siglo XIX, bajo el pábulo de su colección «Estudios de la Historia de la Filosofía Española». En el catálogo de una tal colección, dirigida por el propio Tomás Carreras de consuno con su hermano Joaquín, habían aparecido ya otros títulos como puedan serlo Aportaciones hispanas al curso general de la Filosofía (del mismo Tomás Carreras Artau), Estudios sobre Historia de la Ciencia Española (José María Millás Vallicrosa) o El desarrollo de la doctrina de la ley natural en Luis de Molina y en los maestros de la Universidad de Évora de 1565 a 1591 (José María Díez Alegría S. J.). Esta infatigable labor editorial del «Luis Vives»{1} tanto en lo referente a su delegación catalana como en lo que toca a la sede central madrileña de tal institución, podría bastar{2} de suyo, a nuestro juicio, para desvencijar enteramente la interpretación convencional de la historia de la filosofía española durante el franquismo –la concepción del «tiempo de silencio»– de no ser tan intensa la querencia de algunos «especialistas» en la materia por persistir en lugares comunes e ideas recibidas cuyo simplismo queda evidenciado en el «retrato robot» de esta tesis tal y como lo dibuja Gustavo Bueno:

«Al luminoso período que para la filosofía española había representado la Segunda República, período que suele simbolizarse en el esplendor de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, bajo el decanato de García Morente, sucedieron las tinieblas de un oscurantismo medieval. La filosofía del «tiempo de silencio» que pudo manifestarse no podía ser otra cosa que una filosofía parásita y ociosa (así la vio Manuel Sacristán), un retorno a la filosofía de la Edad Media. No sólo la Facultad de Madrid, sino también las demás Facultades y, por supuesto, los Institutos de Enseñanza Media, se poblaron de profesores que, o bien llevaban sotana o hábitos frailunos o bien los habían llevado como novicios o seminaristas antes de la Guerra Civil, sin que las «experiencias» de esta Guerra, suficientes para hacerles colgar los hábitos, lo hubieran sido para hacerles colgar las ideas arcaicas que habían moldeado sus cerebros en los Conventos o en los Seminarios. (…) Pero los velos se rasgaron con el advenimiento de la democracia. El tiempo de silencio acabó. Y la Filosofía, en particular, pudo volver a tomar la palabra pública. Lo curioso es que sus palabras, más que los cajones que guardaban aquellas supuestas carpetas, venían de fuera, de Francia, de los países comunistas y muy especialmente de Inglaterra: la democracia, en efecto, significó la irrupción de las traducciones de Marx y de Engels, de Garaudy o Althusser, de Popper o Wittgenstein, Ayer, Austin o Wisdom, los ‘nuevos filósofos’ y más tarde, de los filósofos ‘postmodernos’».{3}

Pero si ya es gratuito (aunque en modo alguno inocente sin duda) entender las cuatro décadas de referencia como una totalidad homogénea flanqueada por sendos períodos de luminoso esplendor (a un lado: Unamuno, Ortega, García Morente, &c. A otro: suponemos que Javier Muguerza, José María Mardones o Adela Cortina) carece por completo de justificación alguna la descalificación, por «parásita y ociosa», de la «filosofía oficial» cristalizada en la década de 1936-1945. Antes al contrario, justamente el interés que para el Estado pudieron adquirir los segmentos más escolásticos de la filosofía de esta época, es algo que sólo puede entenderse cuando se da razón de la implantación política que pudo alimentar tales doctrinas. Así lo destaca Gustavo Bueno:

«Pero estos calificativos (dejando de lado sus cargas axiológicas) sólo hacen encubrir la función que la filosofía desempeñó en este tiempo de silencio; una función que, lejos de ser parásita u ociosa, estaba «políticamente implantada» en el subsuelo de la sociedad española de la postguerra».{4}

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